QUAY del 26/2/98

 

¿Nos cocinan en un horno continuo o discontinuo?

 

Por Eduardo Abenia

 

A medida que se acercan las elecciones se vislumbran múltiples fenómenos relacionados con ellas. Hay un notorio cambio de actitud en los gobernantes a todos los niveles. Unos comienzan a tomar distancia de los probables perdedores, desdibujando afinidades, que si existen, son prudentemente ocultadas. Otros renuncian a sus cargos para quedar legalmente habilitados a candidatearse, comenzando a faltar quienes ocupen la Dirección de ciertos entes públicos, dado que a esos niveles, quien más quien menos tiene su aspiración electoral. Resulta de ello que habrá que nombrar a alguien políticamente tan inepto que sabe que no tiene chance de ser electo y ni lo intenta. Es la contracara del fenómeno de nombramiento de cargos cuando asumen las autoridades recién electas, es fácil ver en la repartija de cargos quienes son los que subirán y a quienes se desea enterrar. Ciertos entes, con fuertes perspectivas de crecimiento, son catapulta a la presidencia, mientras otros significan notoriamente el entierro político de su ocupante.

También relacionado con el ciclo electoral esta el comportamiento de la obra pública, las iniciativas de largo alcance quedan paradas, ya que no dará el tiempo de concluirlas con éxito, las de corto alcance son puestas en marcha de apuro, para dar sensación de estar haciendo obra. Muchos indicadores de la actividad global del país como por ejemplo el consumo de cemento, de combustible, la inversión pública, etc. presentan un comportamiento que graficado muestra picos de altas y bajas con una ciclicidad de cinco años, curiosamente coincidente con el ciclo electoral ¡que casualidad¡. Todo esto distorsiona fuerte y visiblemente la acción de gobierno.

Progresivamente se van volcando cada vez más recursos humanos y materiales con vistas al acto eleccionario, al punto de que, en sus momentos culminantes casi no se hace ni se habla de otra cosa. Los medios de comunicación se saturan de propaganda y virtualmente todo el Estado se para, la actividad productiva en cambio continúa su marcha, no puede darse el lujo de parar, incluso muchas veces no es posible, en un horno de vidrio por ejemplo, no solo es antieconómico parar, simplemente el proceso no lo permite. 

Siguiendo con el ejemplo de los hornos, los hay de producción discontinua y continua. En los primeros el horno se carga, luego se quema y a continuación se descarga. Como el tiempo que insume cargar y descargar es muchas veces mayor que el propio tiempo de procesamiento, se inventaron los segundos, en los que la materia prima entra por un lado, se va procesando y sale por otro lado en forma continua, sin que sea necesario parar salvo para efectuar mantenimiento. La eficiencia de esta forma de trabajo es tanto mayor que hoy día los hornos discontinuos solo se usan en el ámbito artesanal, donde se requiere producción, hace mucho que se dejaron de usar. 

Nuestro sistema político es notoriamente de producción discontinua, trabaja cuatro años y para uno y eso siendo optimista, además de altos menores, de tres meses cada año, mientras las dirigencias descansan en el Este, en otras palabras, funciona como un horno arcaico. Mientras tanto la producción privada sigue su marcha, pan y leche no faltan cada día, ni siquiera el de las elecciones. 

Parte de nuestra clase política ha descubierto ¡oh maravilla! el concepto de eficiencia y convencida de que en el Estado no es posible se apresura a vender sus áreas productivas. Pero ¿y el sistema político no requerirá también eficiencia?, ¿no sería preferible librarnos primero de las áreas improductivas (el propio sistema político)?, ¿no habrá remedio para ese horno notoriamente discontinuo y en consecuencia ineficiente? ¿es necesario parar el país cada pocos años para elegir nuevamente a quienes en definitiva harán lo mismo que los anteriores?

Otras formas de administración política donde lo que se elige no son las personas para cargos a término, sino que se decide lo que hay que hacer y se cambia cuando hay que cambiarlo y no cada plazos arbitrarios, es posible. Me refiero a la Democracia Directa Informatizada, donde la ciudadanía ejerciendo directamente la función de gobierno, decide sobre los procesos y no sobre las personas que los llevan a cabo, estas pasan a ser solo las manos ejecutoras de lo que la ciudadanía ordena, siempre y sin interrupciones, eso es eficiencia, ese es el futuro.